Zapatiao y ritmos llaneros traspasan fronteras en Arauca

Foto: OIM Colombia

Para crear música y para bailar se necesita la armonización con los demás. De esto se valen en la Corporación Cultural Corcuma, en Tame (Arauca), para prevenir la xenofobia y poner a bailar por igual a colombianos y nacionales venezolanos.

Jeampier estaba descalzo cuando se le presentó al profesor Publio para pedir un cupo en la academia. Quería bailar joropo y aprender sobre la cultura llanera. Durante el año que lleva en Tame, había pasado tardes enteras mirando a otros niños bailar y soñaba con presentarse en un escenario público.

La intrepidez y determinación de este niño nacional venezolano de 11 años conmovieron a Publio González, fundador de la Corporación Cultural Corcuma, que promueve el folclor llanero en el municipio de Tame, Arauca. De inmediato lo invitó a participar. Pocos días después le regaló un par de cotizas –calzado típico llanero- y desde entonces Jeampier no deja de bailar.

Asiste todos los días a la academia de Corcuma y está dedicado a aprender a tocar el cuatro, las maracas y el arpa, al igual que a dominar los pasos del baile tradicional. “El arpa es muy difícil y algunos pasos de joropo me cuestan, pero lo que me parece difícil lo trato de aprender”, dice lleno de entusiasmo este niño moreno de ojos brillantes, que dice nunca sentir vergüenza de nada.

Por eso mismo sueña con ir de municipio en municipio y subirse en una tarima a bailar o a tocar. O ambas. “Quiero ser como el profe Publio, como el profe Oswaldo, como mi amigo Alan”, explica señalando ejemplos de quienes lo inspiran en la academia.

Para Jhan Carlos Pérez, papá de Jeampier, el entusiasmo del niño con la actividad cultural evita que esté en la calle o distraído de sus responsabilidades escolares. Eso sí, ahora tiene más amigos. “Pero en un ambiente sano”, señala.

Esa es justamente una de las metas que se planteó Publio en su fundación tras la llegada de varios nacionales venezolanos a Colombia. “A la academia habían llegado muchos niños de Venezuela que no tenían cómo pagar. Nosotros los recibimos, pero como la mayoría de colombianos sí pagan, los veían mal. Mi esposa supo que a eso le llaman xenofobia y nos ideamos un proyecto para reducir ese flagelo”, dice González.

Así que se propusieron integrar a los niños alrededor del folclor y presentaron su iniciativa al Fondo de Donaciones del Programa de Estabilización Comunitaria (CSA) de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), implementado por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

En agosto de 2020 recibieron la notificación de su aceptación, y ahora hay 100 niñas y niños nacionales venezolanos y colombianos integrados alrededor del joropo y la cultura llanera. Este proyecto que va hasta marzo de 2021 ofrece, además de formación cultural y artística, servicio de transporte y refrigerio para los niños, así como apoyo psicosocial para sus familias.

“Se necesitan los unos a otros para que la música y la danza salgan bien. Así que todo sucede en igualdad de condiciones y todos terminan siendo amigos”, explica el profesor González, que ya completa 14 años al frente de la Corporación, con la también ha logrado incluir a niños y niñas desvinculados del conflicto armado a través del escobillao y el zapatiao, principales figuras del joropo.

Aunque los niños y niñas reciben talleres de una hora y media de duración por cada modalidad de bandola, arpa, maracas, cuatro, y baile, Jeampier extiende su jornada y se pasea por todas las aulas de Corcuma en sus horas libres. “Para él no es un pasatiempo; está apasionado. Él zapatea hasta la madrugada y en las mañanas vuelve y se levanta a zapatear. Si sigue así, va por buen camino”, dice tranquilo su papá, mientras el niño, contento, asegura que antes no tenía tantos amigos como ahora. “Es como si Corcuma fuera de venezolanos y colombianos, mitad y mitad”, culmina Jeampier.